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Sugar Dating Versus Tradwife y la polarización relacional

by georgie
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Mientras unas jóvenes monetizan la compañía a cambio de mensualidades de cuatro cifras, otras renuncian a su carrera para amasar pan en directo. Dos modelos relacionales antagónicos crecen al mismo tiempo en Occidente —y ambos cuentan la misma historia de fondo: la del desencanto con la pareja igualitaria moderna.

Son las once de la mañana de un martes lluvioso en Bloomsbury y Sofía —22 años, estudiante de Bellas Artes en University of the Arts London, nombre ficticio— revisa su bandeja de entrada en Seeking.com entre dos clases. El alquiler de la habitación que comparte en Camden cuesta 1.050 libras al mes; su préstamo de mantenimiento del Gobierno británico, 496. La diferencia, explica con naturalidad mientras remueve un café, la cubre “un señor encantador de la City” que le transfiere 2.500 libras a final de mes a cambio de dos cenas y una escapada ocasional a Lisboa.

A 8.000 kilómetros, en una granja de 130 hectáreas en Kamas (Utah), Hannah Neeleman acaba de ordeñar a la vaca Tulip y prepara pan de masa madre para sus nueve hijos mientras su marido, hijo del fundador de la aerolínea JetBlue, decide la jornada. Sus 10 millones de seguidores en Instagram y casi otros tantos en TikTok la conocen como Ballerina Farm. Renunció a su plaza en la prestigiosa Juilliard School y a una carrera de bailarina profesional para vivir lo que el internet anglosajón ha bautizado como vida tradwife: la esposa tradicional reciclada para la era del algoritmo.

Sofía y Hannah no se han cruzado nunca y probablemente se mirarían con recelo. Sin embargo, ambas son los rostros más visibles de los dos fenómenos relacionales que más han crecido en Occidente entre 2022 y 2026: el sugar dating —compañía a cambio de dinero— y el movimiento tradwife —ama de casa a tiempo completo monetizada en redes sociales—. Ambos representan, según la sociología contemporánea, dos rechazos simétricos al modelo de pareja igualitaria heredado de la segunda y tercera ola feministas. Y los dos prosperan en un terreno común: el de una “polarización relacional” sin precedentes entre hombres y mujeres jóvenes.

El azúcar como salida de emergencia

El sugar dating —relación pseudorromántica en la que una persona, normalmente joven y con escasos recursos, recibe dinero, regalos o mentoría a cambio de compañía e intimidad de otra mayor y más adinerada— no es nuevo. Lo que sí lo es su escala digital. Seeking.com, fundada en 2006 por el ingeniero del MIT Brandon Wade —célebre por afirmar en CNN que “el amor es un concepto inventado por los pobres”—, declara más de 46 millones de usuarios registrados a finales de 2024. SugarDaddy.com reporta otros siete millones; Secret Benefits superó los 3,5 millones de miembros activos en noviembre de 2025 y registró 5,57 millones de visitas solo en enero de 2026, un 14,5 % más que el mes anterior, según datos de la propia plataforma.

La pandemia y, sobre todo, la posterior crisis del coste de la vida actuaron como catalizadores. Un análisis de Villanova University citado por Current Psychology (Springer Nature, 2025) documenta cómo el algoritmo de TikTok ha empujado contenido de “estilo de vida sugar” hacia usuarios menores de 30 años, normalizando lo que durante décadas fue tabú. Un estudio publicado en Archives of Sexual Behavior sobre 69.924 participantes en 87 países —probablemente la mayor radiografía global del fenómeno— confirma que la aceptación social de las relaciones de tipo sugar en las que una mujer joven se vincula con un hombre mayor es hoy mayoritaria en casi todas las regiones del mundo.


El epicentro británico es Londres. Sugar Daddy London, una de las plataformas locales más activas, sitúa la mensualidad media en la capital británica entre 1.000 y 2.500 libras, con acuerdos premium que superan las 3.000. Las cifras se entienden mejor leídas contra el telón de fondo: el alquiler medio de un estudiante en Londres roza ya las 900 libras al mes, según Save the Student, y un informe conjunto de Unipol y el Higher Education Policy Institute reveló que en 2024 la renta media estudiantil supera por primera vez el préstamo máximo de mantenimiento. La aritmética explica más que cualquier debate moral: solo en University of the Arts London, Seeking declaraba 218 nuevas altas estudiantiles en doce meses; el sitio cuenta con cientos de matriculadas en University College London y Manchester. En España, una investigación pionera del Departamento de Trabajo Social de la Universitat de València (2022) y un trabajo de fin de máster del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha (2024) describen un patrón calcado: estudiantes de la Complutense, la Autónoma de Barcelona y la Politècnica que suplementan rentas en plataformas como Sugar Dating España (34.922 perfiles registrados) ante alquileres que en Madrid superan ya los 1.200 euros y un paro juvenil del 14,4 %

¿Es esto trabajo sexual? El debate atraviesa disciplinas. La Crown Prosecution Service británica no contempla guías específicas para sugar dating: la jurisprudencia lo sitúa en una “zona gris” siempre que medie consentimiento adulto, no exista intermediación remunerada y la transacción no se publique en lugares públicos. En España, sin tipificación específica, opera bajo el paraguas alegal del intercambio entre adultos. Para autores como Mixon (2019), las trabajadoras sugar son una forma de “inversión en capital humano”; para feministas abolicionistas como las del colectivo Trabe, una puerta de entrada encubierta a la prostitución. Lo que casi nadie discute ya es su magnitud: cuando, en 2018, Brandon Wade cifraba en 475.320 las estudiantes británicas registradas, hablaba todavía de un nicho. Hoy, según el agregador Global Dating Insights, hablamos de un mercado de varias decenas de millones de usuarios en 139 países.

La esposa tradicional, reescrita en TikTok

En las antípodas estéticas e ideológicas, la tradwife —contracción de traditional wife>— vende exactamente lo contrario: ausencia de transacción, retorno al hogar y sumisión enmarcada en términos de virtud, estética cottagecore y vocación. El término circulaba en círculos online conservadores estadounidenses desde 2018, pero su explosión llega en 2024.

La reina indiscutible es Hannah Neeleman, “Ballerina Farm”. Tras su perfil dominical enThe Sunday Times —firmado por Megan Agnew el 20 de julio de 2024 y titulado “Meet the queen of the trad wives (and her eight children)”—, la conversación dejó de ser nicho. La reportera describía cómo Daniel Neeleman, el marido, contestaba o corregía sistemáticamente a Hannah; cómo había abandonado Juilliard a las pocas semanas de conocerle, ya embarazada; cómo había desfilado en el certamen Mrs. World dos semanas después de dar a luz a su octavo hijo. La pieza desencadenó 169 millones de publicaciones bajo etiquetas como #BallerinaFarmAbuse y obligó a la propia Neeleman a difundir un vídeo de descargo en el que negaba ser una tradwife: “Somos copadres, co-CEOs, cocambiadores de pañales”.

A su alrededor orbitan figuras menores pero virales. Nara Smith, modelo germano-sudafricana casada con el modelo mormón Lucky Blue Smith, se filma cocinando burbujas de chicle, jarabe para la tos o Coca-Cola desde cero envuelta en vestidos de Chanel para nueve millones de seguidores en TikTok; rechaza la etiqueta pero la encarna estéticamente. Estee Williams, de 26 años, es su contracara ideológica explícita: con apenas 200.000 seguidores, predica la “sumisión bíblica” de la mujer al marido y se confiesa “trabajando para servir y someterme”. En España, la creadora Roro Bueno —representada por la agencia Okiko Creatives— se convirtió el verano de 2024 en la primera tradwife mediática del país tras viralizarse cocinando elaboradas comidas para su novio.

Detrás de la estética hay una arquitectura ideológica documentada. Un estudio de Sophia Sykes y Veronica Hopner publicado en Critical Sociology en 2024 (“Tradwives: Right-Wing Social Media Influencers”) establece cinco rasgos definitorios del fenómeno: antifeminismo explícito, apología del hogar, roles de género tradicionales, evidencia de afiliación con al menos una corriente de derecha (conservadurismo, alt-lite o alt-right) y monetización en redes. La investigadora Julia Ebner, especialista en extremismos del Institute for Strategic Dialogue de Londres, estimó ya en 2020 que unas 30.000 mujeres se identifican con vertientes radicales del movimiento, algunas de las cuales —como en su día Ayla Stewart— hicieron llamamientos abiertos a la “natalidad blanca”. Una investigación reciente de la red Global Network on Extremism and Technology (GNET), dependiente del King’s College de Londres, distingue entre tradwives “estéticas” —que solo venden una estampa nostálgica y contenido patrocinado— y tradwives “ideológicas” o “miliciamente” radicalizadas, que utilizan la suavidad doméstica como vehículo metapolítico para ideas contrarias a la educación pública, a la vacunación o al voto femenino. Plataformas comunitarias como Tradwife Club articulan ese imaginario en redes verticales propias, ofreciendo a sus usuarias foros, recursos y tutoriales sobre vida doméstica, maternidad y “feminidad clásica”.

Para la socióloga Silvia Díaz, citada por elDiario.esel tradwife “vende a las mujeres una autorrealización que tal vez no encuentren en su trabajo y a los hombres una reafirmación de su masculinidad ante los avances en igualdad de las últimas décadas”. La paradoja —la lectora atenta la habrá notado— es que la mayoría de estas esposas “tradicionales” trabajan a jornada completa: como influencers, generando ingresos publicitarios significativos. Hannah Neeleman, recuerda Rolling Stone, dirige una empresa con tres empleados a tiempo completo, treinta en almacén y diez en oficina. Como tampoco es menor que el matrimonio Neeleman pertenezca a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y que el componente religioso —mormón, evangélico o católico tradicionalista— resulte transversal a casi todas las grandes cuentas del movimiento.

Dos respuestas, una misma fractura

¿Por qué han crecido a la par dos modelos aparentemente incompatibles? Porque, sostienen sociólogos y demógrafos, ambos brotan del mismo subsuelo: una crisis profunda del modelo de pareja heterosexual, igualitaria y romántica que sirvió de horizonte aspiracional al Occidente del último medio siglo.

Las cifras son inapelables. La General Social Survey, que la Universidad de Chicago publica cada año, encontró que en 2024 solo el 37 % de los adultos estadounidenses entre 18 y 64 años mantenía relaciones sexuales semanales, frente al 55 % de 1990. La proporción de jóvenes de 18 a 29 años conviviendo en pareja —casados o cohabitando— pasó del 42 % en 2014 al 32 % en 2024, según el Institute for Family Studies. El 24 % de ese tramo de edad no había mantenido relaciones sexuales en el último año, el doble que en 2010. Pew Research informa de que uno de cada cuatro adultos estadounidenses de 40 años nunca se ha casado y, lo más significativo, que solo el 45 % de las mujeres jóvenes sin hijos quiere tenerlos en el futuro, frente al 57 % de los hombres jóvenes.

A este enfriamiento erótico-afectivo se le ha bautizado sex recession, y no es estadounidense. La tasa de fecundidad en España cayó a 1,10 hijos por mujer en 2024 según Eurostat —la segunda más baja de la UE tras Malta— y los nacimientos batieron mínimos históricos desde 1941 (322.034 frente a 434.114 defunciones). El Reino Unido registró por primera vez desde los setenta más muertes que nacimientos. La encuesta del CIS español identifica como primera causa “la falta de recursos económicos”.

A la dimensión demográfica se le suma una psicosocial: la epidemia de soledad. Vivek Murthy, Surgeon General de Estados Unidos, declaró la soledad emergencia de salud pública en mayo de 2023 y la equiparó a fumar 15 cigarrillos diarios. El sondeo Healthy Minds de la American Psychiatric Association de enero de 2024 cifra en el 30 % los estadounidenses de 18 a 34 años que se sienten solos cada día o varias veces por semana; los solteros duplican casi a los casados (39 % frente a 22 %). Según el propio Murthy, los jóvenes de 15 a 24 años pasan hoy un 70 % menos de tiempo presencial con amigos que dos décadas atrás.

La industria que prometía resolverlo —las apps de citas— atraviesa también su peor crisis. Match Group, propietaria de Tinder y Hinge, vio cómo Tinder perdía un 10 % de usuarios diarios interanuales en agosto de 2024; Bumble se desplomó un 30 % en bolsa el mismo verano. Según AppsFlyer, el 69 % de las apps de citas descargadas en 2025 son eliminadas en menos de un mes. Una encuesta de Axios entre universitarios estadounidenses arrojó que el 79 % no las utiliza con regularidad. La Generación Z, paradójicamente la primera nativa digital, parece la más fatigada del swipe

Sobre esta tierra agrietada cae, además, una polarización política inédita entre los sexos. El periodista de datos John Burn-Murdoch documentó en el Financial Times que, en países tan distintos como Corea del Sur, Estados Unidos, Alemania, Polonia o Reino Unido, ha emergido en menos de una década una grieta ideológica de hasta 30 puntos entre hombres y mujeres menores de 30 años. La encuesta del UK Youth Poll de 2025 (John Smith Centre) confirma que en el Reino Unido el 26 % de los hombres jóvenes se declara de derechas frente al 15 % de las mujeres; el 20 % de las mujeres jóvenes se sitúa en la izquierda frente al 13 % de los hombres. En las elecciones de 2024 en EE. UU., el 63 % de los hombres jóvenes blancos votó a Donald Trump, el porcentaje más alto de cualquier grupo demográfico juvenil.

Esta divergencia se nutre, y nutre, dos ecosistemas culturales hostiles entre sí. Por un lado, la manosphere, ese archipiélago de podcasts, foros y vídeos de YouTube que canalizan la frustración masculina con narrativas de victimismo y autoayuda misógina. Una encuesta de la organización británica Hope not Hate reveló en 2023 que el 80 % de los chicos británicos de 16 y 17 años había consumido contenido de Andrew Tate, más que los que sabían quién era el primer ministro. Una investigación del University College London publicada en 2024 en Social Media + Society y firmada por Haslop, Ringrose, Cambazoglu y Milne mostró cómo Tate moviliza ansiedades económicas masculinas para vender una versión hipertrofiada y rentable de la masculinidad hegemónica. En el polo opuesto, el llamado movimiento 4B —importado de Corea del Sur tras los picos virales de noviembre de 2024— predica el rechazo de cuatro experiencias con hombres: citas, sexo, matrimonio e hijos. La filósofa Asa Seresin acuñó el término heterofatalismo para nombrar la sensación, hoy mayoritaria entre algunas mujeres jóvenes en redes, de que la relación heterosexual es inherentemente decepcionante.

El amor como mercancía y como refugio

Es en este magma donde sugar dating ytradwife emergen como dos respuestas simétricas, no ideológicamente afines pero estructuralmente equivalentes. Ambos modelos comparten un rasgo fundamental: la transparencia del intercambio. Ninguno disimula que la pareja heterosexual es, también, un acuerdo material. La diferencia es de signo: el primero monetiza la compañía mediante contratos efímeros y explícitos en su carácter transaccional; el segundo lo hace mediante un contrato vitalicio, sacralizado por la fe o el conservadurismo, en el que la mujer cambia trabajo doméstico y reproductivo por sustento, estatus y “significado”.

La socióloga israelo-marroquí Eva Illouz lleva quince años describiendo este territorio. En libros como <em>Por qué duele el amor (2012) y El fin del amor (2019) sostiene que el capitalismo emocional ha convertido la elección amorosa en un cálculo de optimización que termina, paradójicamente, en parálisis y desafección. Para Illouz, lo que define el presente no es la abundancia de amor sino su disolución: el “no-amor” como práctica generalizada de retirada, ghosting y no-elección. Vista desde su marco, tanto la sugar baby como la tradwife responden a un mismo agotamiento: la imposibilidad cognitiva de seguir ponderando indefinidamente alternativas afectivas en un supermercado infinito de perfiles. Frente a la ambigüedad, la transacción explícita; frente a la negociación cotidiana de roles, la sumisión enmarcada como vocación.

Hay también un componente generacional insoslayable. La psicóloga británica Carolyn Mair, citada por la prensa española, recuerda que los jóvenes que llegan ahora a la edad de emparejarse son la primera cohorte nativa digital y la primera que ha vivido en directo el #MeToo, la sentencia Dobbs sobre el aborto en EE. UU., el regreso de Trump y la implosión de los precios de la vivienda. Para muchas chicas, la ecuación entre coste reproductivo y beneficio matrimonial sencillamente no sale. Para muchos chicos, la promesa de una masculinidad proveedora ha sido aniquilada por dos décadas de salarios estancados y por una nueva competencia académica y laboral en la que las mujeres dominan la educación superior. Sugar dating y tradwif son, en este sentido, soluciones de mercado a un problema de mercado: no resuelven la desigualdad, la formalizan.

No deben confundirse, sin embargo, con fenómenos masivos. Frente a las decenas de millones de usuarios de Seeking, las cuentas explícitamente tradwife en plataformas como Tradwife Club u otros agregadores temáticos suman cifras mucho menores —probablemente cientos de miles—, pero su impacto cultural es desproporcionado al alcance demográfico: marcan un horizonte estético, una posibilidad imaginaria. Ocurre algo parecido con el sugar: pocas son las jóvenes que efectivamente lo practican; muchas las que lo consideran como salida ante la próxima subida del alquiler.

Coda

A finales de abril de 2026, Sofía firmó un nuevo “acuerdo” de seis meses con un ejecutivo divorciado de cincuenta y dos años. Hannah Neeleman, en febrero, paró la venta de leche cruda de su granja después de que las autoridades sanitarias de Utah detectaran exceso de bacterias coliformes en muestras del verano anterior; siguió publicando, sin embargo, sus rutinas matutinas para sus diez millones de seguidores. Ambas son, a su manera, mujeres del año 2026: dos hijas legítimas de un Occidente que no ha sabido sostener la promesa de la pareja igualitaria y que, ante el vacío, ha vuelto a inventar formas viejas con palabras nuevas.

El reto, advierte Eva Illouz, no es elegir entre el supermercado afectivo y el patriarcado nostálgico, sino diseñar instituciones —laborales, residenciales, culturales— que permitan a hombres y mujeres jóvenes confiar de nuevo en la posibilidad de vincularse sin que el dinero ni la sumisión sean la única infraestructura que sostiene el deseo. Mientras tanto, los algoritmos siguen empujando, en una pestaña, anuncios de sugar daddies en Mayfair; en la otra, vídeos de pan recién horneado en Utah. La polarización relacional, como la política, ha encontrado su pantalla partida.

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